viernes, 27 de agosto de 2010

El catolicismo en Tolkien IV

Tres anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo. Siete para los Señores Enanos en casas de piedra. Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir. Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras. Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas, en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

Curiosamente, Tolkien en realidad no se consideraba un escritor católico, sino más bien un escritor que resultaba ser católico. Y asimismo El Señor de los Anillos no es una apología ni alegoría del cristianismo, ni de ninguna otra cosa, pero sí es aplicable a muchas realidades, y leído bien, puede hacer, paradójicamente, más por la evangelización. Ya estaba concluido El Señor de los Anillos, pero poco antes de su eventual publicación, en una carta que Tolkien recibió el 2 de diciembre de 1953, del P. Robert Murray, jesuita, nieto de Sir James Murray (fundador del Oxford English Dictionary), y amigo íntimo de su familia, Tolkien le respondió el mismo día. Estaba muy contento de que el P. Murray le había mencionado algunas observaciones e impresiones agudas acerca de lo que sería su obra magna. Entre otras cosas, al P. Murray le parecía que el personaje de Galadriel, la Reina de los Altos Elfos de Lothlórien, tenía ciertas semejanzas con la Santísima Virgen María, y la impresión general de que El Señor de los Anillos se mostraba particularmente compatible con la perspectiva teológica católica acerca del orden de la Gracia {de Dios}.

En su carta de respuesta (Cartas nº 142), Tolkien reconoció: El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión. Con respecto a la alusión a la Virgen María y la compatibilidad con el orden de la Gracia, dijo: … me animó especialmente lo que tú has dicho… pues eres más perceptivo, especialmente en ciertas direcciones, que ningún otro, y aun a mí me has revelado con mayor claridad ciertos aspectos de mi obra. Creo que sé exactamente lo que quieres decir con el orden de la Gracia; y, por supuesto, con tus referencias a Nuestra Señora, sobre la cual se funda toda mi escasa percepción de la belleza tanto en majestad como en simplicidad. Y luego, curiosamente, hace un comentario aparentemente paradójico, que resulta ser clave para comprender el alcance cristiano de su obra: Ésa es la causa por la que no incluí, o he eliminado, toda referencia a nada que se parezca a la “religión”, ya sean cultos o prácticas, en el mundo imaginario. Porque el elemento religioso queda absorbido en la historia y el simbolismo.

Tolkien explica así su decisión porque quiere que su libro fuera ortodoxo desde el punto de vista de la teología natural, (muy apreciada y defendida por la Iglesia en numerosas intervenciones del magisterio papal y más sistemáticamente en el Concilio Vaticano I), por la cual se pueden aprehender las verdades sobre Dios y sobre el hombre (=antropología teológica) a partir de las cosas creadas —la naturaleza, el mundo, el mismo hombre— con el uso de la razón. No que la sola razón puede llegar a comprender mejor a Dios y a su creación —para ello es necesario el don de la fe, y aún así no agotamos el conocimiento divino— pero que la fe, no siendo racionalismo puro, sí es razonable. De ahí que la religiosidad en la obra de Tolkien es implícita, quedando absorbida en la narración histórica y en el simbolismo.

Esto da pie a otra referencia imprescindible para situar mejor nuestra comprensión de El Señor de los Anillos: es la de tener presente su contexto histórico, dentro de toda la obra mitológica de su autor. Necesariamente implica situarlo con referencia directa con El Silmarillion, obra de su vida, que acompañó a Tolkien durante unos 60 años, que nunca llegó a terminar, pero que su hijo, Christopher, llegara a recopilar diversos escritos para darle forma coherente para su publicación después de la muerte de su padre. Mucho más claramente que en El Señor de los Anillos, hay muchas referencias explícitamente religiosas, con perspectiva cristiana, en El Silmarillion.

Una opinión bastante difundida sobre el trasfondo de la supuesta lucha entre el Bien y el Mal, sin más, en El Señor de los Anillos, no hace justicia al tema realmente de fondo de la obra de nuestro autor. En cierta ocasión, escribió (Cartas nº 186 borrador): No creo que ni siquiera el Poder o el Dominio sean el verdadero centro de mi historia… El verdadero tema para mí se centra en algo mucho más permanente y difícil: la Muerte y la Inmortalidad; el misterio de amor por el mundo en los corazones de una raza “condenada” a partir y aparentemente a perderlo {los Hombres Mortales}; la angustia en los corazones de una raza “condenada” a no partir en tanto su entera historia no se haya completado {los Elfos Inmortales).

Aunque sea una pincelada, me veo obligado a hacer algunas alusiones básicas a El Silmarillion para mejor contextualizar los personajes y acontecimientos posteriores en El Señor de los Anillos. El Silmarillion relata, con gran fuerza y belleza, las historias de la Primera y Segunda Edad, la creación de la tierra en el principio, por parte del Dios Único, cuyo nombre en lengua élfica —Ilúvatar— significa “Padre de todos”. Dios creó de la nada a los Ainur, los Sagrados, vástagos de su pensamiento —o sea, los ángeles bíblicos o los dioses paganos—, y les propuso temas de música para que cantasen bellezas en armonía, y así tomar parte en la creación de la Tierra. Cantaron ante él y sus voces eran como arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos; y Dios se complació, porque eran buenos y hermosos los seres espirituales que había creado. Al comienzo de la música, cada Ainur cantaba solo mientras los demás escuchaban, pues cada Ainur comprendía sólo la parte de la música que le correspondía, y eran lentos en comprender el canto de sus hermanos. Pero cada vez que escuchaban, alcanzaban una comprensión más profunda, y crecían en unisonancia y armonía. Se me antoja una sugerente descripción de lo que es la Iglesia; en todo caso, la segunda parte es una bella descripción de lo que de hecho es la Iglesia celestial…

Y sucedió que Ilúvatar convocó a todos los Ainur, y les comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas todavía más grandes y maravillosas que las reveladas hasta entonces; y la gloria del principio y el esplendor del final asombraron a los Ainur, de modo que se inclinaron ante Ilúvatar y guardaron silencio. Entonces les dijo Ilúvatar:--Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música… Pues bien, los bellos temas musicales llegaron a ser dulces y sobrecogedores, hasta crear los seres “a imagen y semejanza” de Dios-Ilúvatar, sobre la Tierra: los Hijos Mayores serían los Elfos Inmortales (aunque eso de “inmortales” habrá que matizar), la raza más hermosa y noble de todas, los Hijos Menores sería la raza de los Hombres Mortales y los emparentados Hobbits, mientras que los Enanos fueron creados después.

Pero, así como ocurrió con la creación real de nuestro mundo, tal como la Tradición cristiana lo recoge, uno de los ángeles, llamado Melkor, luego Morgoth, se rebeló, por su orgullo y soberbia, contra la armonía celestial y terrena, y a propósito, desafinó en el canto de los Ainur. Eso hizo que la creación salida “buena” de la mano de Dios, se estropeara, pues ya no había armonía musical, ni por tanto armonía en la obra de la creación, según la voluntad de Ilúvatar. Por instigación, Morgoth sembró desconcierto y miedo a la muerte a los Hombres Mortales, haciéndoles sentir envidia de los Elfos Inmortales. Aquí podemos ver un claro eco de un pasaje altamente significativo de la carta a los Hebreos (2, 14-15): Porque así como los hijos comparten la sangre y la carne, también él {Cristo} participó de ellas, para destruir con la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar así a todos los que con miedo a la muerte estaban toda su vida sujetos a la esclavitud.

La diferencia (antropológica) entre la inmortalidad de los Elfos y la mortalidad de los Hombres, ambos creados a imagen y semejanza de Dios-Ilúvatar, desempeña un papel crucial en el desarrollo de los acontecimientos, tanto en El Silmarillion como en El Señor de los Anillos. Estamos ante el tema estrella de la mitología de Tolkien: el paso del tiempo y la eternidad; la vida y la evasión de la muerte. Pero hemos de entender que la inmortalidad de los Elfos es, en realidad, una especie de longevidad; con fin del tiempo y del mundo, también los Elfos morirían y Dios no les ha revelado aún lo que será de ellos después. Mientras que la mortalidad de los Hombres es más fácil de comprender ¡porque esto nos atañe a nosotros también! El Hombre es un ser mortal por naturaleza, pero en el origen de la creación, como leemos en el libro del Génesis, la muerte no era castigo antes de la Caída de Adán y Eva bajo el engaño del Maligno, sino un divino don (sería como un dormirse en el Señor, una especie de “asunción”, como en el caso singular de la Virgen María) para unirse a Dios más plenamente en un estado de gloria, en un destino más allá de los confines del mundo. La teología cristiana, especialmente de los Padres Orientales, lo llama la “divinización del hombre.” Pero Dios, en la mitología deliberadamente pre-cristiana de Tolkien, aún no se ha revelado en plenitud con la Encarnación y Resurrección de su Hijo Jesucristo.

En resumen (y simplificando): Morgoth, en ángel caído, tuerce los designios de Dios-Ilúvatar e incita, poniendo duda en el corazón de los Elfos y los Hombres, para que se rebelen y rechacen la naturaleza dada a ellos por Dios-Ilúvatar. Luego, mientras los Hombres “mortales” buscan evadir la muerte antes del fin del mundo creado, los Elfos “inmortales” buscan evadir su longevidad, ya que el fin del mundo creado también sería para ellos la muerte. La malicia de Morgoth, y luego la de un siervo de éste, otro ángel caído, Sauron, el que llegará a ser el Señor de los Anillos de Poder, consiste en arrojar una sombra de duda sobre el amor y la providencia de Dios, con engaño muy sutil y astuto, confundiendo luz con tiniebla, haciendo brotar el mal del bien, y en poner miedo donde tendría que haber esperanza en los designios del Creador, aunque éstos no han sido aún plenamente revelados.

Como podemos ver muy fácilmente, los parecidos con los relatos de la creación y la caída en el libro del Génesis, son evidentes. Y esto es así porque el Dios de la Tierra Media y el Dios revelado en el tiempo por Cristo, es el mismo Dios que adoraba Tolkien como católico. Así como la Palabra de Dios {Jesucristo en persona} es artífice de la Creación —en Cristo fueron creadas todas las cosas (Col 1, 16)— y luego inspiró a los autores sagrados para consignarlo en las Sagradas Escrituras, Tolkien se ve como un escritor (hagiógrafo) que narra el mito de la Creación real en un relato alternativo, en su mundo subcreado. El mito, pues, según Tolkien, lejos de ser mera fantasía banal, lejos de ser mentira, lejos de ser abandono del hogar y huida de la realidad, es, por el contrario, fantasía muy real, relato para comunicar las eternas verdades de la naturaleza humana (desde el punto de vista cristiano), un deseo de encontrar nuestro hogar, descubriendo lo universal, y es una “escapatoria”, una incursión —no excursión— al corazón mismo de la realidad. Tras escribir El Señor de los Anillos, el propio Tolkien confesó en una carta muy iluminadora (Cartas nº 131): … tuve siempre la sensación de registrar algo que siempre estuvo allí, en alguna parte {en su mente y corazón creyentes}; jamás la de inventar… Esta historia crecía a medida que escribía. Se me ocurre pensar que la “inspiración” de Tolkien es algo así como la inspiración de los Santos Padres al componer hermosos textos litúrgicos, plasmando la experiencia cristiana en lenguaje poético-celebrativo…

Pues bien, siguiendo paralelamente el relato del Génesis, la raza de los Hombres Mortales, los Númenóreanos— haciendo caso a los engaños de Sauron, empezaron a envidiar a los Elfos Inmortales: ¿Por qué no hemos de envidiar a los Valar (Altos Elfos) o aun al último de los Inmortales? Pues a nosotros se nos exige una confianza ciega y una esperanza sin garantía, y no sabemos lo que nos aguarda en el próximo instante. Pero también nosotros amamos la Tierra y no quisiéramos perderla. Sauron sedujo a muchos de los Hombres Mortales a desobedecer a Dios y a querer conquistar el Reino Bendecido de los Elfos, llamado Valinor, ¡pues así no morirían para siempre! Pero también sedujo a muchos Elfos a despreciar su longevidad y desear una suerte de paraíso terrenal que estuviera libre del paso del tiempo y su eventual muerte. El dilema de los Hombres y los Elfos es, en el fondo, el de Adán y Eva: comer del árbol prohibido y no morir nunca, vivir como “dioses” en el conocimiento del Bien y del Mal. Es decir, ¿por qué Adán y Eva {o los Hombres y los Elfos} habrían de desear, teniendo en cuenta todos los dones que Dios les había dado por amor, querer ellos mismos ser un dios? ¿O por qué Satanás {o Morgoth o Sauron} habría querido ocupar el lugar que sólo corresponde a Dios {Ilúvatar)? Tolkien da por hecho, fuera de escena, un mundo caído en “pecado original” en su universo subcreado, cuya Redención por Cristo está en el lejano futuro.

Llegados a este momento podemos adentrarnos con mejor preparación en El Señor de los Anillos. La forja de los Grandes Anillos de Poder tuvo lugar en la Segunda Edad de la Tierra Media. Fueron forjados por los herreros Elfos de Eregion, bajo los consejos astutos de Sauron, disfrazado como “hermoso ángel de luz.” La finalidad de su fabricación era con el propósito de distribuir a los reyes de los Elfos, los Hombres y a los Señores Enanos, anillos que les ayudaran a gobernar mejor a sus pueblos, a mantener hermosa la Tierra Media, y a detener el paso del tiempo y prevenir la muerte.

Tres anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo. Siete para los Señores Enanos en casas de piedra. Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir. Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras. Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas, en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras…

Pero en secreto, Sauron forjó un Anillo Regente, el Anillo Único, depositario de gran parte de su ser y malicia, que le serviría para someter a los pueblos libres de la Tierra Media, controlando las mentes de los demás portadores de los anillos de poder. Los tres Reyes Elfos fueron los más astutos y descubrieron los malvados intentos de Sauron de someterlos a su maldad, se quitaron sus tres anillos que nunca pervirtió Sauron, pero que para siempre estarían ligados al poder del Anillo Único. Los siete Señores Enanos se mostraron bastante difíciles de someter, pues su interés era las minas y las riquezas minerales, aunque Sauron llegó a aprovechar su codicia. Mucho más fácil resultó someter a los nueve grandes Reyes de los Hombres. Éstos, independientemente de la buena o mala voluntad que cada uno poseía, al aceptar ponerse sus anillos de poder, fueron con el tiempo engañados terriblemente. Se volvieron invisibles, salvo el manto negro que los cubría, seres corrompidos, ni vivos ni muertos, cuyas “vidas” alargadas hacía que clamaban con las voces de la muerte: se convirtieron en los más temibles siervos de Sauron, los Espectros del Anillo, o los Nâzgul.

Desde la fe católica, desde el punto de vista antropológico, podemos ver en los Espectros del Anillo un terrible reflejo de los bautizados en Cristo —pues por el Bautismo somos Sacerdotes, Profetas y Reyes— viviendo bajo la esclavitud del pecado, bajo la tiranía mentirosa del Maligno Tentador. El Anillo es símbolo de orgullo y poder. Representa todo lo que nos arrastra al reino de tinieblas del Señor Oscuro {el Diablo}, tentándonos a ser como él en su rechazo a los planes de Dios sobre nuestra vida. La forma circular del anillo es la voluntad egoísta cerrada sobre sí misma. Su centro vacío, por donde metemos el dedo, sugiere el vacío interior al que nos disponemos cuando nos sometemos a su esclavitud. La invisibilidad que envuelve al portador, corta con las relaciones normales con quienes nos rodean, nos aísla de los demás, creando una imagen falsa del propio “Yo”, despreciando cualquier otro “Tú”. Si el Anillo significa todo esto, renunciar a su seducción es imposible para nosotros, pero para Dios, nada hay imposible, como Tolkien bien comprendió. Por nuestras solas fuerzas, nosotros no podemos nada; necesitamos lo que en teología católica es la ayuda de la gracia de Dios. El “yo” no puede despegarse de su “yo”. A buen seguro Tolkien se inspiró en la teología de la gracia que encontramos en la carta a los Romanos del Apóstol Pablo (7, 18-19): Porque el querer hacer el bien está en mí, pero el hacerlo no, y la visión de la gracia que tiene San Agustín, un gran Santo Padre de la Iglesia. Nuestra Búsqueda, o Misión, en clave cristiana, consiste en resistir las tentaciones del Anillo del Señor Oscuro, librarnos de nuestro egoísmo, y en última instancia, consiste en recorrer el camino pascual de Cristo, que es, ni más ni menos, fidelidad a nuestra vocación bautismal: bajarnos de nuestra soberbia y autosuficiencia, y con humildad, dar la vida por los que amamos (que han de ser todos), y santificarnos, aceptando la cruz del sacrificio que supone amar de verdad.

El Señor Oscuro quiere tentarnos a que pongamos un anillo de poder que él nos da, aislándonos de Dios y de los demás, dándonos la ilusión de que vivir en el pecado es “vivir a tope”, y lo que nos hará felices, pero que en realidad, nos esclaviza y engendra la muerte. Que distinto, ¿verdad?, la parábola del hijo pródigo del Evangelio de San Lucas, que nos presenta la figura entrañable del Padre aguardando nuestra vuelta a su casa. También al hijo que regresa a su seno, se le ofrece un anillo, pero no anillo de esclavo que nos aísla en nuestro egoísmo, sino un anillo de hijo amado, que nos devuelve a la comunidad de los redimidos, a la Comunión de los Santos, a la Iglesia terrena que peregrina en el tiempo, hacia la Iglesia celestial…

Pues bien, al final de la Segunda Edad, una última alianza de Hombres y Elfos derrota los ejércitos del Señor Oscuro, frente al Monte del Destino, en la frontera de Mordor. El hijo del Rey de Gondor, Isildur, con la espada quebrada de su padre el Rey, corta la mano del Señor Oscuro, arrebatándole el Anillo Único. Pero en vez de destruirlo, arrojándolo en el abismo del Monte del Destino donde fue forjado, reclama el Anillo para sí. Al comienzo de la Tercera Edad, es atacado por las huestes de Sauron, intenta escapar nadando por el Gran Río Anduin, donde el Anillo le traiciona, deslizándose de su dedo, haciéndolo visible otra vez, donde es abatido por flechas.

El Anillo es perdido durante siglos… Es encontrado por dos amigos que estaban pescando un buen día. Éstos eran Déagol y Sméagol. Lo encontró Déagol, pero pronto el Anillo ejerció su influencia malvada, provocando la codicia de Sméagol que acaba asesinando a su amigo. Sméagol coge el Anillo y durante siglos es atormentado y corrompido, donde el Anillo envenena su mente y corazón. Pierde el gusto por todo lo hermoso: la inocencia, el amor, la caricia de la brisa, el disfrutar del sol y de los árboles, el sabor del pan; pierde hasta su propio nombre, pierde su identidad, pues la naturaleza del mal es la perversión del bien. Mientras el mal aísla, despersonaliza y destruye, el Señor en el Evangelio se preocupa por las personas, las sana y las reconcilia. La influencia malvada del Anillo encierra y devora al pobre Sméagol en su más absoluta desolación egoísta. La 1 ª carta de San Pedro (5, 8-9) ya nos lo advierte: Sed sobrios, estad despiertos: vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar; resistidle, firmes en la fe. Pero también el Anillo traiciona a Sméagol, separándose de él, pues busca regresar al Señor Oscuro pero, por designio de la Providencia, es encontrado por Bilbo Bolsón, habitante de la Comarca…

La Comunidad del Anillo, la primera parte del libro, cuenta cómo Gandalf el Gris, el Sabio Mago, descubre que el anillo que encontró Bilbo era en realidad el Anillo Único, que controla a los demás Anillos de Poder forjados en la Segunda Edad. Puesto que Bilbo celebraba su cumpleaños centésimo decimoprimero, y que quería ya marchar de la Comarca para vivir con los Elfos en Rivendel (pues ya estaba muy cansado, “como un trocito de mantequilla extendido sobre demasiado pan”), deja su casa de Bolsón Cerrado y todas sus posesiones a su sobrino, Frodo Bolsón, y Gandalf a duras penas tuvo que convencerle de dejar también el anillo encontrado.

Gandalf le cuenta a Frodo cómo el Anillo llegó a encontrarlo su tío Bilbo, y cómo teniendo la oportunidad de matar a Sméagol/Gollum, en unos momentos de apuro para escapar de él, le invade un sentimiento de piedad y compasión por aquella miserable criatura. Y cómo luego el pobre Gollum llegó a ser capturado y torturado por Sauron en Mordor, y cómo fue que el Señor Oscuro supo que el Anillo fuera encontrado y quién lo poseía y dónde se hallaba ahora: en posesión de un tal Bolsón en la Comarca. Frodo le responde diciendo que ojalá nada de esto le ocurriera en su tiempo, a lo que Gandalf le responde que a nosotros no nos toca decidir los tiempos, sino a decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado (por Dios). Cuando Frodo dice que fue una lástima que Bilbo no acabara con Gollum cuando tuvo la ocasión, Gandalf le contesta que, efectivamente, fue por lástima y misericordia: que no deberíamos ser ligeros en nuestros juicios a dispensar la muerte, que hasta el mas perdido tiene esperanza de curación, y que su corazón le dice que Gollum todavía tenía un papel que jugar en todo esto, para bien o para mal, ya que ni el más sabio puede saber el desenlace.

Gandalf además le dice a Frodo que hubo otra fuerza, aparte de la voluntad del Mal, ejerciendo su influencia, por lo que Bilbo estaba destinado a encontrar el Anillo —que intentaba regresar a Sauron— y que por tanto también Frodo estaba destinado a tenerlo: y que esto era un pensamiento muy alentador… Son clarísimas referencias a la Providencia, que actúa en los acontecimientos del mundo. Insta a Frodo a que huya de la tranquilidad de la Comarca, y junto con algunos compañeros, emprenden su viaje hacia la aldea de Bree. Toman algunas decisiones equívocas acerca de la ruta a tomar, y, a consecuencia de ello, corren peligros, pero son ayudados inesperadamente por varios personajes, reflejo de la Providencia que les guía. Pero Frodo es alcanzado por la maligna espada del Señor de los Espectros y sus compañeros son perseguidos por los terribles Jinetes Negros. Gracias a la ayuda de un Montaraz del Norte —Trancos o Aragorn— y Glorfindel, un Elfo que se les ha aparecido para ayudar, logran cruzar las aguas del río élfico Bruinen, que son invocadas y se levantan para cortar el paso a los Espectros. Esas aguas como símbolo de Israel en su paso del Mar Rojo, huyendo de los egipcios, y también las aguas bautismales, o sencillamente agua bendita, que nos protege de los enemigos. Llegan, pues, no sin mucho peligro, a la seguridad de la Casa del Señor Elrond, noble Medio-Elfo, en Rivendel. Allí Elrond convoca un gran concilio donde se decide que Anillo Único debe ser destruido, y Frodo acepta la carga de ser su portador, que le resultará cada vez más pesada. El Anillo sólo puede ser destruido en la Montaña de Fuego, el Monte del Destino en Mordor, donde fue forjado. Para ayudarle en su Misión, se ofrecen ocho compañeros que forman la Comunidad del Anillo: Aragorn, que se revela como el heredero de Isildur del Reino de Gondor, Boromir, hijo del Senescal de Gondor, en representación de los Hombres; Legolas, hijo del regio elfo del Reino del Bosque, en representación de los Elfos; Gimli, hijo de Glóin de la Montaña Solitaria, en representación de los Enanos; Frodo, con su sirviente, Sam, y sus dos primos, Merry y Pippin, en representación de los Hobbits, y Gandalf el Gris. La Comunidad del Anillo viene a ser una representación de la universalidad del peligro que afecta a toda raza, pueblo, lengua y nación, y la comunión en la misión.

La Comunidad emprende el viaje en secreto desde Rivendel en el norte, hasta que una feroz tormenta de nieve les prohíbe cruzar el alto paso de las montañas nevadas de Caradhras. Fueron conducidos entonces por Gandalf a través la puerta escondida y entraron las vastas minas de Moria, reino de los Enanos, intentando atravesar las montañas por dentro. Pero allí descubren con horror la masacre de los Enanos, y son atacados por huestes de orcos (antiguamente Elfos que fueron capturados, torturados y pervertidos, pues el Mal no puede crear, sólo pervertir). Gandalf, luchando contra un Balrog, antiguo demonio de la Primera Edad, entrega su vida para que la Comunidad pueda escapar por el puente de Khazad-Dûm, se sacrifica, dando su vida por sus amigos y por la Misión, cayendo con el Balrog en un abismo oscuro. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Al salir del peligro, la Comunidad llora la (aparente) “pérdida irrecuperable” de Gandalf, y Aragorn advierte que la Misión tiene que seguir aún sin esperanza…

La Comunidad atraviesa el Bosque Dorado élfico de Lothlórien, donde se encuentra con la Dama Galadriel, custodia de uno de los tres anillos dados a los Elfos. Y aquí Frodo se quedó de pie, todavía maravillado. Tenía la impresión de haber pasado por una alta ventana que daba a un mundo desaparecido. Brillaba allí una luz para la cual no había palabra en lengua de los Hobbits. Todo lo que veía tenía una hermosa forma, pero todas las formas parecían a la vez claramente delineadas, como si hubiesen sido concebidas y dibujadas cuando le descubrieron los ojos, y antiguas como si hubiesen durado siempre. No veía otros colores que los conocidos, amarillo y blanco y azul y verde, pero eran frescos e intensos, como si los percibiera ahora por primera vez y les diera nombres nuevos y maravillosos. En un invierno así ningún corazón hubiese podido llorar el verano o la primavera. En todo lo que crecía en aquella tierra no se veían manchas ni enfermedades ni deformidades. En el país de Lórien, no había defectos. Lórien es un “santuario” hermoso en medio de un mundo que cambia donde no sólo no hay maldad, sino que el tiempo mismo parece haberse detenido. Es como si el jardín en que se encuentra Frodo fuese el jardín del Edén antes de la Caída, y Frodo es como Adán contemplando el esplendor de la creación con el poder de dar nombre a las criaturas, como leemos en el Génesis (2, 19): Y lo que el hombre la llamaba, a cada criatura viviente, ése era su nombre. Aquí podemos ver una nostalgia de volver al Paraíso Primordial…

La Dama Galadriel invita a que Frodo y Sam miraran en su Espejo (una hermosa fuente de agua cristalina en su jardín), para ver las cosas que fueron, las cosas que son, y las cosas que aún no han pasado, dependiendo de cómo cada personaje afronta sus decisiones libres. Frodo le pregunta qué verá y Galadriel le contesta que ni el más sabio podría decírselo. Concuerdo con Eduardo Segura que probablemente la mejor manera de asomarse a El Señor de los Anillos es mirar el Espejo de Galadriel: a saber lo que cada cual descubre en el fondo de su propio corazón… Galadriel asegura a los compañeros que siempre hay esperanza, aunque parece que no la hay, siempre y cuando la Comunidad permanece fiel a la Misión. Les da regalos maravillosos que luego serían de gran provecho. Caben destacar las capas élficas para ocultar a la compañía de ojos enemigos y sobre todo las lembas, o “pan (élfico) del camino” o “pan de la vida” —una clarísima alusión a la sacramentalidad del Pan eucarístico— pues tenía una potencia que se acrecentaba a medida que los viajeros dependían sólo de él para sobrevivir, y lo comían sin mezclarlo con otros alimentos. Nutría la voluntad, y daba fuerza y resistencia. Llegado el momento de partir, Galadriel despide a la Comunidad con una poesía teñida de nostalgia: Namárië {Adiós}… el eco de lamento del pasado milenario de toda una raza hermosa y noble obligada a abandonar el mundo que ama a favor de los próximos guardianes, los Hombres. Es la convicción de que una época del mundo está a punto de concluir para siempre, y tal vez caer en el olvido; en todo caso, se trata de una pérdida irrecuperable, un adiós a la Tierra Media: ¡Ay! ¡Como el oro caen las hojas en el viento! E innumerables como las alas de los árboles son los años. Los años han pasado como sorbos rápidos… ¡Adiós! Quizás encuentres a Valimar (Valinor). Quizá tú lo encuentres. ¡Adiós! Podemos ver un reflejo del salmo 89, cuando pedimos a Dios: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Los tres anillos élficos, que han sido utilizados para sanar, para hacer y conservar cosas hermosas en la Tierra Media, y para detener el paso del tiempo y la eventual muerte, están ligados al Anillo Único: si Sauron recuperase su Anillo, (que sería con mucho lo peor), la Tierra Media se cubriría de una espantosa oscuridad y tiranía diabólica, y los Elfos también serían esclavizados; pero, por el contrario, si el Anillo fuera destruido (la única opción deseable, desde luego), también los tres anillos élficos perderían su noble poder. En este punto de la historia, hay de verdad, escasos motivos para la esperanza en un feliz desenlace del destino del Anillo. Pero en cualquier caso, no hay “victoria” sin sacrifico y “pérdida”… La Compañía viaja hacia el sur en barcas navegando por el gran río Anduin, donde son atacados por huestes de orcos. Por su buen y noble deseo de defender a su pueblo de Gondor, Boromir, seducido por el poder del Anillo, intenta arrebatárselo de Frodo, que pone el Anillo, haciéndose invisible, y escapa. Se da cuenta de que su presencia representa un peligro para el resto y decide irse sólo a Mordor. Al final es alcanzado por su fiel amigo Sam. ¡No, Sam, le dice Frodo, me voy a Mordor sólo! ¡Naturalmente que sí, Señor Frodo!, y yo le acompañaré…

Las Dos Torres, la segunda parte del libro, comienza con la Compañía separada y con Frodo y Sam huyendo en dirección a Mordor. Mientras los demás les persiguen, los orcos atacan y matan a un arrepentido Boromir. Su pecado de desesperación ha supuesto la muerte de Boromir —el pecado siempre engendra la muerte— pero su arrepentimiento y confesión le supone la redención. Clara alusión a la necesidad de arrepentimiento de cara a nuestra propia salvación. A continuación, una segunda banda de orcos captura a Merry y Pippin. Estos orcos son servidores de la Mano Blanca, es decir, de Saruman el Mago corrupto, compañero de Gandalf. Se llevan a los dos pequeños hobbits hacia el oeste a través de las tierras del Rohan, en dirección a la torre de su amo en Orthanc en Isengard. Allí espera Saruman, con el deseo de conseguir el Anillo Único para sí mismo, a pesar de ser un títere de Sauron, con quien se ha aliado.

El grupo de los orcos llega a los lindes del antiquísimo Bosque de Fangorn a medio camino entre el gran río Anduin e Isengard, antes de ser rodeados por los atentos Jinetes de Rohan. Liderados por su Mariscal Éomer, los Jinetes masacran a los orcos. Merry y Pippin escapan de la batalla y se refugian en el antiguo bosque. Allí conocen a Bárbol el Ent, el enorme pastor andante de árboles. Se puede contemplar al curioso personaje de Bárbol, con sus ojos profundos, sabios y serenos, la criatura más antigua de la Tierra Media, como un reflejo del valor inmenso que Tolkien da a la creación, una veneración por su belleza, y a todos los valores de una sociedad que hunde sus raíces en la Tradición católica. Ante la destrucción inmisericorde de los bosques por parte de los orcos de Saruman, que Bárbol lamenta tiene “mente de metal y ruedas”, pues ha perdido su gusto por cultivar las “cosas que crecen”, convoca una cámara-Ent (reunión), movilizándolos para luchar contra Saruman y parten hacia Isengard.

Tras haber perseguido a los orcos de Saruman, Aragorn, Legolas y Gimli se encuentran con la compañía de Éomer poco después del ataque a los orcos por los jinetes de aquél. En su diálogo acerca de los tiempos nefastos que les toca vivir, Éomer hace una pregunta reflexiva: ¿Cómo encontrar el camino recto en semejante época? Una pregunta siempre actual para el cristiano de todos los tiempos. Aragorn le da, y nos da, una respuesta acertada, válida en todo tiempo y lugar: Como siempre. El mal y el bien no han cambiado desde ayer, ni tiene un sentido para los Elfos y Enanos y otro para los Hombres. Corresponde al hombre discernir entre ellos, tanto en el Bosque de Oro como en su propia casa. A lo que Éomer, comprendiendo el alcance de la respuesta, a su vez contesta: Muy cierto. No dudo de ti, ni de lo que me dice el corazón. Éomer los provee de caballos y Aragorn, Legolas y Gimli parten hacia el Bosque de Fangorn. Pero su búsqueda de los hobbits es inútil; sin embargo se encuentran con alguien a quien no esperaban: Gandalf reaparece vestido de un blanco deslumbrador, con un cuerpo “transfigurado”, pues ha regresado de la muerte para ayudar a completar la Misión.

Con él, van a Rohan al Castillo Dorado de Théoden, Rey de Rohan, en Édoras, donde Gandalf sana al prematuramente envejecido Rey, rescatándole del hechizo de Lengua de Serpiente, su consejero, aliado secreto de Saruman. Recuperado Théoden, hace una “composición de lugar”, y lamenta diciendo: ¡Ay! Que estos días aciagos sean para mí y que me llegan ahora en la vejez, en lugar de la paz que creía merecer… Los jóvenes mueren mientras los viejos se agostan lentamente (porque ha perdido en batalla a su único heredero, Théodred, y se enteró de la muerte del joven Boromir). Y también: … tendría que entristecerme porque cualquiera que sea la suerte que la guerra nos depare, ¿no es posible que al fin muchas bellezas y maravillas de la Tierra Media desaparezcan para siempre? Gandalf le responde, consolándole: Es posible. El mal que ha causado Sauron jamás será reparado por completo, ni borrado como si nunca hubiese existido. Pero el destino nos ha traído días como éstos. {No os faltan aliados, Théoden aunque ignoréis que existan.} ¡Continuemos nuestra marcha! Hace referencia al realismo del “misterio de la iniquidad” de la que habla San Pablo. Con el Rey salvado y rejuvenecido, cabalgan con él y su pueblo, a la fortaleza del Abismo de Helm, para librar una desesperada victoria al amanecer sobre las hordas de Saruman. Aragorn había dicho: … el amanecer es siempre una esperanza para el hombre… nadie sabe qué habrá de traer el nuevo día. Gandalf los guía a Isengard, y encuentran la Torre de Orthanc y sus tierras devastadas por el ataque de los Ents. La naturaleza, harta de soportar lo que la moderna industrialización y mecanización le hace, rebelándose ante su destrucción por parte de quienes desprecian la vida, las “cosas que crecen”. Saruman y Lengua de Serpiente quedan atrapados en la torre. Gandalf exhorta Saruman al arrepentimiento, pero éste rechaza la ocasión, e intenta con su voz, hechizar a Théoden. La “voz de Saruman” representa todas aquellas voces que, a lo largo de la historia, han seducido a las grandes masas, haciéndoles creer mentiras por verdades, cuyo ejemplo más notorio fue el de Hitler.

En relato paralelo, Frodo y Sam continúan su viaje casi desesperado hacia Mordor. El esquizofrénico Sméagol/Gollum les sigue, ansioso de recuperar el Anillo, su “Tesoro.” El Señor en el Evangelio nos advierte que lo que para nosotros es un tesoro, allí ponemos nuestro corazón. Conviene, pues, educar bien el corazón, para escoger bien nuestro tesoro… El peso del Anillo, cargar con su malicia, es cada vez más abrumador para su Portador. A Frodo, que ve a Gollum por primera vez, le inspira el mismo sentimiento de piedad y lástima, que inspirara a su tío Bilbo años atrás, por esa miserable criatura devorada por el Anillo. Finalmente es domado y acepta actuar de guía, donde Frodo se fía bastante más de él que Sam. Llegados a la Puerta Negra de Mordor, Gollum aconseja tomar otra ruta, más segura, aunque más secreta, para entrar en el país negro. Cruzan las hermosas tierras de Ithilien, cuyas descripciones son maravillosas, territorio disputado entre Mordor y Gondor, pero aún no deformado por el mal de Sauron. Allí topan con Faramir, hermano del fallecido Boromir, que resiste la tentación de coger el Anillo, dejándolos atravesar Ithilien, pero advirtiéndoles que Gollum no es de fiar, pues quiere llevarlos por el camino de Cirith Ungol, un camino de peligro mortal del que Gollum ha dicho menos de lo que sabe.

Mientras van de camino, y toman turnos para dormir, en una ocasión Sam se descuida, dejando que Frodo duerma plácidamente en su regazo. Gollum, que había ido en busca de comida, los ve y se acerca, y suavemente acaricia a Frodo. Por unos momentos, los recuerdos de su anterior vida como hobbit, antes del trágico hallazgo del Anillo, le hacen estar al borde del arrepentimiento. Es una escena particularmente entrañable, por los gestos y las miradas silenciosas Por desgracia Sam es despertado, y, desconfiado, asusta a Gollum, que vuelve a su actual estado desolador. Hay una plegaria eucarística (Plegaria V/B) que refleja de alguna manera esta escena: Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano sólo y desamparado. Pasan por la ciudad fantasmal de Minas Morgul, donde el Señor de los Espectros del Anillo, montado ya no en corcel, sino en una negra bestia alada, capitanea las hordas de Sauron, para su inminente asalto a la ciudad de Minas Tirith, ciudad principal del Reino de Gondor. Ante la aparición ominosa del Señor de los Nâzgul, Frodo siente la tentación de ponerse el Anillo, que le descubriría al Espectro, pero dirige su mano hacia el frasco de la luz de la estrella de Ëarendil, dado a él por Galadriel, y resiste. Y esto para infundirnos ánimo a que nos agarremos a las mediaciones de gracia que Dios nos da, por medio de sus signos de salvación, que son los sacramentos, y también, a que seamos muy propensos a acudir a la Virgen María para pedir su intercesión.

Por fin Gollum los lleva por una escalera montañosa muy sinuosa hasta la entrada de un largo y ominoso túnel. Allí dentro traiciona a Frodo y Sam, dejándoles a merced de la terrible Ella-Laraña, una gigantesca araña, que alcanza picar a Frodo, pero que es herida en una terrible lucha con el valiente Sam. Éste, enfadado por la traición de Gollum, abraza desconsoladoramente a su querido amo, creyendo que está muerto, y opta, después de pesar las decisiones tan difíciles a tomar, por continuar la imposible Misión sólo, por puro amor a Frodo. Éste es uno de los grandes momentos para destacar la inquebrantable y conmovedora lealtad de amistad que Sam siente por su amo. Le quita el Anillo de la cadena que cuelga sobre el cuello de Frodo, y se aparta pues oye los ruidos de una tropa de orcos que patrullan la zona. Escondido, oye los comentarios de los orcos de que Frodo no está muerto, sino sólo envenenado, y después lo llevan como prisionero a la Torre de Cirith Ungol. Sam se dice a sí mismo una frase muy iluminadora: Imbécil, no está muerto, y tu corazón lo sabía. No confíes de tu cabeza, Samsagaz, no es lo mejor que tienes. Lo que pasa contigo es que nunca tuviste en realidad ninguna esperanza. Y ahora, ¿qué te queda por hacer? Muy destacable este pensamiento, pues nos alecciona a que no formemos una decisión resueltamente, ni nos dejemos fácilmente engañar, por las meras apariencias: que a veces las cosas no son en realidad como parecen; no hemos de ser superficiales en nuestra estimación de las posibilidades, a pesar de lo que nos parecen, porque es una equivocación vivir sin esperanza. Siempre hay esperanza, porque siempre hay posibilidades, aunque desconocidas para nosotros, ya que la Providencia de Dios cuida de nosotros.


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