viernes, 27 de agosto de 2010

El catolicismo en Tolkien III


El tiempo sigue su curso natural y al igual que el Niño Jesús, Tolkien iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y ante los hombres. Era jovial y alegre por naturaleza, le encantaba el aire libre, pasear tranquilamente y pasarlo sanamente bien con sus buenos amigos, que le era fácil entablar. Y tenía una cualidad que mantendría a lo largo de su vida: la de rumiar, saborear, las cosas en su interior. No era, ni mucho menos, superficial, más bien, todo lo contrario. Proseguía sus estudios, donde claramente destacó en el campo filológico. Con la ayuda de sus profesores, indagaba cada vez más en la lingüística: una cosa era saber y hablar y escribir latín, griego y alemán (y con el tiempo otras 14 lenguas), y otra muy diferente saber el por qué las variadas gramáticas eran como eran.

Al descubrir el antiguo anglosajón, el inglés medieval, el finlandés, el galés y el gótico, quedó maravillado acerca de la sonoridad y expresividad de estas lenguas. Serían la base de las lenguas que inventaría para su mitología (a destacar las variedades quenya y sindarin de la hermosa lengua de los Elfos) para darle verosimilitud y un fuerte sentido de realismo —cosa que logró con increíble fuerza. Es más: en primer lugar, crea una lengua, con gramática y vocabulario, y luego desarrolla toda una cultura e historia, y en este sentido, es una muestra de impresionante habilidad creativa. Al fin pudo leer en lengua original el gran poema heroico de la literatura inglesa, Beowulf, una obra de más de 3100 versos, comparable al Cantar de Mío Cid en español o a la Chanson de Roland francés. Beowulf le llamó poderosamente la atención y le despertó el interés para crear él mismo sus propias historias. Las semillas de la creación mítica de la Tierra Media ya estaban puestas.

Llegaban las vacaciones de verano, y el P. Francis llevaba a Tolkien y su hermano a Lyme Regis, donde lo pasaban bien por las playas. Como el P. Francis era hombre sensible, se dio cuenta de que los adolescentes hermanos no eran felices en la casa de su tía, por lo que al comienzo de 1908, les buscó alojamiento en Birmingham en unas habitaciones que alquilaba la Sra. Faulkner, cerca del Oratorio. La habitación de los hermanos estaba en la segunda planta, y justamente debajo vivía una bella joven huérfana, llamada Edith Mary Bratt. Ella tocaba muy bien el piano y los tres se hicieron buenos amigos. Pero la amistad entre Tolkien y Edith, tres años mayor que él, llegó a ser bastante más que simple amistad juvenil, pues se enamoraron. Fue el primer y único amor en la vida de Tolkien.

Pero el P. Francis seguía siendo el tutor legal, y Tolkien, con sus 16 años, era aún menor de edad hasta cumplir los 21. Al sacerdote le preocupaba que el joven Tolkien se distraía demasiado de sus estudios, y era un momento importante para él, pues tenía que sacar beca y aprobar su ingreso a la Universidad de Oxford, y para ello tenía que estudiar muy en serio. Así que tomó la firme decisión de decirle a Tolkien que, para su bien, no se viera con Edith, al menos durante esos años cruciales. Sin duda, fueron unos años muy duros para Tolkien y Edith, pues realmente se amaban, pero el fuerte sentido del deber y el amor obediente que Tolkien honradamente consideraba que le debía al P. Francis —que había sido un padre más que la mayoría de los verdaderos padres, según llegó a escribir— le movió a sacrificar verse con quien sería, con el tiempo, su esposa. Tolkien siempre agradeció al P. Francis su cuidado, incluso esta decisión difícil que le supuso mucho sacrificio, pero que sirvió para hacer más auténtico el amor que sentía hacia el P. Francis y Edith.

A finales de 1910, a Tolkien le fue concedida una beca para estudiar en el Exeter College, vinculada a la Universidad de Oxford. Como hogar de Tolkien durante sus años de universitario, siempre le impresionó la grandiosidad del campus. La formación académica era personal, donde los tutores hacían leer a cada estudiante muchos libros, sobre los que luego el alumno tenía pensar y discurrir, formar sus propias opiniones, sometiéndolas a examen crítico, y luego hacer sus propios ensayos. Esto hacía perder el miedo de hablar en público y ayudaba a desarrollar un espíritu crítico sobre los pareceres ajenos y propios. Fue durante estos años donde Tolkien fue decantándose más a favor de autores germánicos, que griegos y latinos. Y fue también allí donde descubrió el celta y el Kalevala finés, un conjunto de historias y mitos de los héroes de Finlandia.

Con el tiempo llegó a examinarse en Clásicas que en Oxford se llamaba Honour Moderations, donde sacó un alfa pura (matrícula de honor) en su asignatura favorita: Filología Comparada, donde sigue siendo una autoridad en esta disciplina. Se trasladó al Oxford English School, de exigente nivel académico, donde prosiguió sus estudios lingüísticos. Se familiarizó aquí con las sagas del noruego antiguo y la mitología islandesa, que también le sirvieron de inspiración para la creación de su propia mitología, aunque por ser la suya propia, con claro trasfondo cristiano. Los gustos literarios de Tolkien terminaban con Geoffrey Chaucer (s. XIV), pues siempre prefirió el tono heroico y arcaico del lenguaje en que estaban escritas las primeras obras de la literatura europea.

Al ir de vacaciones de verano a Cornualles, Tolkien quedó impresionado por la inmensidad del mar, los arrecifes y las montañas. Todos estos bellos paisajes, junto con sus imborrables recuerdos rurales de Sarehole, y también los aborrecibles recuerdos de la industria de Birmingham, le inspirarían para crear su propio mundo mítico y sus historias. Empezó a escribir versos, prosa y poemas. Estos comienzos fueron el origen de sus grandes obras literarias. Eduardo Segura, en su libro, J.R.R. Tolkien, el mago de las palabras, así lo describe: En 1915, {ya en plena I Guerra Mundial} ya había desarrollado una lengua inspirada en el finés, e incluso había redactado poemas en ella. Comenzó a plantearse la necesidad de crear un conjunto de historias, conectadas unas con otras, que hiciesen creíble ese idioma. Siempre trabajaba como un filólogo; es decir: hacia atrás, tratando de averiguar cómo habían sido las palabras en el pasado, y cuál era el argumento que las unía y hacía coherentes a través de la historia.

Al fin llegó el tiempo para casarse con el único amor de su vida, que felizmente tuvo lugar en la parroquia de Warwick el 22 de marzo de 1916. Pero Edith había sido una devota anglicana y eso era un obstáculo a superar, ya que Tolkien consideraba que la Reforma protestante, con su falta de coherencia y seriedad, había ridiculizado el cristianismo. Edith estaba indecisa con respecto a convertirse al catolicismo, pero al final se mostró favorable, aunque tardó su tiempo. Y al igual que pasó a la madre de Tolkien, también tuvo que sufrir disgustos por la incomprensión de este paso importante. Tolkien intentaba consolarla diciéndole que su madre había sido perseguida por vivir en la verdad, al igual que él, así que ella también lo sería. Los dos tenían una personalidad fuerte por lo que habrían de discutir con frecuencia acerca de cosas importantes, pero también aprendieron que el perdón mutuo era fruto de su amor.

Muy poco después de casarse, Tolkien tuvo que cumplir con su deber patriótico de servir en el ejército británico, destinado al frente francés: a Flandes y a defender el río Somme. La Gran Guerra, una de las más crueles en la historia, supuso una enorme convulsión del mundo de entonces. Un párrafo lúcido del ya citado Eduardo Segura resume muy certeramente la imborrable influencia de esta guerra en Tolkien, y por analogía, en los acontecimientos en El Señor de los Anillos: Es muy difícil explicar la impresión que una experiencia como la guerra… deja en el alma de cualquier persona… Tolkien era, además, un hombre muy sensible. Los horrores que vivió en las trincheras se imprimieron para siempre en su memoria. Pero no se convirtió en un irónico pesimista, ni en un cínico, y menos aún en un ser melancólico, como ocurrió con muchos de los supervivientes de aquel infierno. Tolkien no sobrevivió solamente la guerra, sino también el odio y la desesperación. En 1918, la vida, una vez más, seguiría su curso; y no habría lugar para la renuncia a seguir caminando, aun en medio del dolor y la pérdida. De enormes bajas, tanto de ingleses y franceses como los enemigos alemanes, y de sus amigos de niñez, Tolkien perdió a todos menos uno en Flandes.

Los oficiales no agradaban especialmente a Tolkien, que prefirió estar con los soldados de-a-pie y los suboficiales. A éstos los veía como hombres particularmente leales, que hacían lo que debían porque consideraban que era su deber, no porque les gustase hacerlo. De estos hombres corrientes pero valientes, Tolkien aprendió mucho y se inspiró en ellos para forjar el carácter de los medianos hobbits: una gente que amaba el campo, apacible, sencilla, de escasa imaginación pero de mucho corazón, sentido común, valor y lealtad inquebrantable a la hora de la prueba. Tolkien escribió acerca de uno de los personajes clave de El Señor de los Anillos: Mi Sam Gamyi es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron tan superiores a mí mismo.

De sus recuerdos de pesadilla de la guerra, vemos claros indicios en la descripción de Mordor, la tierra del Señor Oscuro: las ciénagas de los muertos que Frodo, Sam y Gollum atraviesan al acercarse a las montañas ominosas del país de la Sombra, la tierra arrasada, quemada, los árboles mutilados y retorcidos, los rostros horribles de los cadáveres… son ecos del aire irrespirable de las trincheras de Flandes, llenas de cadáveres de jóvenes cuyos ojos inertes miraban al vacío. Tolkien cayó enfermo con la temible “fiebre de las trincheras”, por lo que fue evacuado en un barco hospital a Inglaterra. Cuando en noviembre de 1918 terminó “la guerra que había de acabar con las guerras,” al regresar Tolkien a Oxford, encontró que sólo unas 300 personas, de los 3000 residentes de la ciudad universitaria, habían sobrevivido a la Gran Guerra.

Pero el camino de la vida, como todas las grandes historias, sigue y sigue. Tolkien llegó a trabajar como “lector” de lengua inglesa en la Universidad de Leeds. Al matrimonio le fueron naciendo sucesivamente los cuatro hijos. Como buen padre, Tolkien dedicaba mucho tiempo a su esposa y a sus hijos, con quienes se mostró ser cariñoso. Como él era un profesor e investigador de gran capacidad, la Universidad de Leeds le nombró profesor de lengua inglesa en 1924. Y en 1925, llegó la oportunidad de incorporarse a la plaza vacante de profesor de anglosajón en la prestigiosa Universidad de Oxford. Como era el más joven de los aspirantes, y por tanto, con menos experiencia, y porque era, además, católico, parecía que tenía algunas desventajas, pero su competencia en la materia era incuestionable, y por fin consiguió ese puesto.

Con este paso, empezaba la época más estable para Tolkien, como profesor universitario y como buen padre de familia. Preparaba concienzudamente sus clases, ayudaba a sus hijos con sus deberes, hacía los recados que su esposa le pedía cuando iba y venía a la ciudad en bicicleta, se reunía con sus amigos, con profesores y tutores de la Universidad, escribía libros y cartas, y pensaba cada vez más intensamente en su creciente teoría literaria acerca del género de “mito,” o “cuento de hadas” y su capacidad creativa de comunicar la verdad. En 1926, conoció a Clive Staples Lewis (Jack), que sería un gran amigo personal suyo, pues ambos tenían inteligencias privilegiadas y compartían los mismos intereses literarios e inquietudes espirituales.

Tolkien, como católico absolutamente convencido, tuvo que topar con muchas corrientes de opinión en el ambiente universitario, pero él siempre siguió plenamente seguro de la verdad objetiva de la fe que había heredado de los Apóstoles, por medio de los sacrificios de su querida madre y la generosa dedicación del P. Francis. Como muy agudamente comenta Joseph Pearce, en su magnífico libro, Tolkien: Hombre y mito: Para Tolkien, el catolicismo no era una opinión que uno suscribía, sino una realidad a la que uno se sometía. En pocas palabras y dejando de lado la seudosicología, Tolkien siguió siendo católico por la simple y terminantemente razón de que para él el catolicismo era verdad.

Pues bien, gracias a sus encuentros amigables y con grupos universitarios de debate, en los que los asistentes compartían similares inquietudes intelectuales, literarias y espirituales, se llegó a formar el grupo de amigos Los Inklings, cuya definición en inglés medieval es “noción vaga, intuición, sospecha.” Desde 1933 hasta 1962, se reunieron Tolkien, Lewis, Owen Barfield (abogado de Londres), Hugo Dyson (profesor en Reading y en Oxford), Warnie Lewis (hermano de Jack), R.E. Havard (médico de Oxford que atendía a las familias de Tolkien y Lewis), Charles Williams (editor), y con el tiempo, también Christopher Tolkien. Eran encuentros informales entre amigos con muchas cosas en común: reuniones para conversar, debatir, compartir perspectivas religiosas, cantos, poesía y prosa, que hacía crecer la unión de corazones entre ellos.

Gracias a estos encuentros, y gracias al apostolado directo del propio Tolkien, Lewis con el tiempo pasó de su agnosticismo existencial a abrazar la fe cristiana, aunque no llegó a confesar la fe católica, se mantuvo en el anglicanismo en que había sido educado desde pequeño. Algunos le habían advertido que no se fiara de los papistas y los filólogos, cosa irónicamente curiosa, pues como diría Lewis acerca de su amistad: Tolkien era ambas cosas. Sus conversaciones con Tolkien acerca de la religión y el género literario de mito, como vehículo para reflejar la verdad, fueron los decisivos para su conversión al cristianismo. Al grupo de los Inklings, Lewis dedicó su autobiografía, en la que cuenta la historia de su propia conversión, y escogió como título: Cautivado por la Alegría.

En gran parte, eso de estar “cautivado por la alegría” (expresión feliz donde las hay), se debe a la amistad personal con Tolkien, y también, gracias a El Señor de los Anillos…

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