viernes, 27 de agosto de 2010

El catolicismo en Tolkien II

La Iglesia Católica, como portadora del Evangelio de la Esperanza, siendo muy sensible a la nueva evangelización de la cultura, apuesta muy clara y decididamente por la admirable fuerza evocativa no sólo de los buenos libros, sino también en nuestra época, de lo que llama “cine espiritual.” Por estas fechas, ya cercana la Semana Santa, esperamos el estreno de la película del actor/director norteamericano Mel Gibson, La Pasión de Cristo, que, según declaraciones de la Santa Sede, promete ser una valiosa ayuda para la evangelización. Pero la Iglesia considera—muy acertadamente—“cine espiritual” en un sentido más amplio: toda aquella película que contiene referencias, si bien no explícitamente, al menos sí implícitamente cristianas, que puedan suscitar inquietud y reflexión. En este sentido estamos realmente enhorabuena, pues gracias al buen hacer del director neozelandés Peter Jackson, la excelente interpretación de los actores/actrices, la extraordinaria —y conmovedora— banda sonora del compositor Howard Shore, y todo el equipo de producción, hemos podido disfrutar enormemente de las tres películas, estrenadas en la Navidad del 2001, 2002 y 2003, de la notable adaptación cinematográfica de El Señor de los Anillos.

Pues bien, les invito a remar conmigo “mar adentro”, como dijo el Señor a Pedro y a los Apóstoles, y como nos dice asimismo el Santo Padre, para descubrir el hombre detrás del libro, para luego maravillarse ante una Buena Noticia. Puede muy bien ser un gran descubrimiento en tu vida: un eco, sorprendentemente cercano, del Evangelio…

TOLKIEN: EL HOMBRE DETRÁS DEL MITO CRISTIANO

¿Quién era J.R.R. Tolkien y cuáles fueron los acontecimientos fundamentales en su vida que fueron cauce y dieron forma al desarrollo de la única persona capaz de escribir El Señor de los Anillos? Porque ciertamente hay que decir, con rotunda claridad, que Tolkien pudo, con tan intenso esfuerzo, escribir El Señor de los Anillos tal y como lo escribió a lo largo de doce años, escrito con la sangre de mi vida, según dijo a su editor, precisamente porque era un “católico absoluto”, como así dijo de su padre su hijo mayor, el P. †John Tolkien. Es éste un hecho incontestable que hace falta asimilar si queremos adentrarnos en la Tierra Media, de modo que podamos descubrir y apreciar los inestimables valores espirituales en su literatura.

En el prólogo de El Señor de los Anillos, Tolkien quiso advertir al lector: Un autor no puede, por supuesto, dejar de ser afectado por su propia experiencia, pero los modos en que el germen de una historia utiliza el suelo fértil de la experiencia son extremadamente complejos, y cualquier intento de definir el proceso no es más que el mero atisbo de una evidencia inadecuada y ambigua. Tolkien mismo no veía con especial agrado los intentos de biografía, pues para él, solían ser inadecuados para captar la verdadera profundidad de una persona. Pero puesto que esta intervención es sólo una aproximación—eso sí, con afecto, tanto a la persona del autor como a su obra, algunas pinceladas clave de su vida nos ayudarán a tener presente al hombre detrás de El Señor de los Anillos.

Tolkien nació de padres ingleses, Arthur y Mabel, el 3 de enero de 1892, en Bloemfontein, Sudáfrica. Fue bautizado un mes después con el nombre de John Ronald Reuel en la catedral anglicana. Su familia vivía entonces en Sudáfrica, pues su padre era director de la sucursal local del Banco de África. Poco después de cumplir los tres años, en 1895, su madre se llevó a Tolkien y a su hermano pequeño, Hilary, de regreso a Inglaterra, ya que el clima sudafricano no era muy saludable para los niños y ni para ella misma. Su padre no podía embarcar con su familia en ese momento por motivos de trabajo, pero con la esperanza de poder regresar tan pronto como podía.

De sus primeros años en Sudáfrica, Tolkien sólo recordó algunas palabras en la lengua local, afrikáans, y el recuerdo de unos paisajes áridos y polvorientos. Un año después del retorno a la madre patria, residiendo en la ciudad de Birmingham, Mabel recibió las malas noticias de que su esposo había caído inesperadamente enfermo, y de hecho falleció no mucho después. Quedando viuda tan joven con dos niños pequeños, afrontó con audacia la nueva situación adversa. No pudiendo quedarse para siempre en la congestionada casa de los padres de Mabel, pero no disponiendo de recursos económicos suficientes para instalarse por su cuenta, la valiente madre de Tolkien fue buscando un buen alojamiento lo bastante barato para vivir ella con sus hijos.

Fue así en el verano de 1896 que encontró una casa de ladrillos en la cercana aldea de Sarehole, poco más que un kilómetro y medio de los límites meridionales de Birmingham. Olvidándose de los paisajes secos de Sudáfrica y los ruidos urbanos de Birmingham lo suficientemente lejos, ¡qué contraste más agradable supuso para Tolkien la vida rural inglesa! Durante sus años de niñez, mientras vivía en Sarehole, Tolkien se enamoró del campo, de los arroyos, de los árboles, y fue donde su imaginación se hizo muy receptiva y creativa. En el suave paisaje rural de Sarehole, y en sus habitantes, se inspiró Tolkien para crear su querida Comarca, poblada de la raza de los Hobbits o los Medianos, lugar entrañable donde comienza y termina El Señor de los Anillos. Pero también allí donde desarrolló un aborrecimiento por quienes destruían a los árboles sin ningún motivo. Relata un incidente que le marcó para siempre: Había un sauce suspendido sobre el estanque del molino, y aprendí a trepar por él. Creo que era del carnicero de la calle Stratford. Un día lo cortaron. No hicieron nada con él. El tronco quedó allí, caído. Nunca lo olvidé.

Su madre no tenía medios para pagar un tutor para sus hijos, por lo que ella misma se encargó de darles la mejor educación posible. Afortunadamente era muy capaz, pues sabía pintar, dibujar y tocar el piano, además de tener conocimientos de latín, alemán y francés. Pronto se dio cuenta de que su hijo mayor tenía una gran aptitud para el estudio de las lenguas; le gustaba especialmente el latín —el sonido, la forma y el significado preciso de las palabras encantaron al niño Tolkien. También a su madre le preocupaba que sus hijos leyeran muchos y buenos libros. Ya por entonces, al joven Tolkien le gustaron algunos de los cuentos de hadas de George Macdonald, autor que también influyó a G.K. Chesterton, y los de Andrew Lang. Fue en esta época temprana de su vida cuando empezó Tolkien a cultivar su habilidad por la filología, que sería un hecho de capital importancia para su posterior creatividad literaria.

Por esos mismos años, mientras Tolkien comenzaba su interés por el lenguaje —su estructura, su expresión de cultura y su historia— su madre se iba acercando cada vez más al catolicismo, y consecuentemente, se iba alejando cada vez más de su propia familia. El cristianismo formaba parte importante de la vida familiar de Tolkien, especialmente desde la muerte de su padre. Todos los Domingos iban a una iglesia anglicana, pero un Domingo, su madre llevó a sus hijos a la parroquia católica de St. Anne, situada en los barrios bajos de Birmingham. Fue en la primavera del año 1900, cuando su madre y su tía, May Incledon, recibieron catequesis en St. Anne y en junio del mismo, fueron recibidas discretamente en la Iglesia Católica.

Hemos de tener muy presente que este hecho, para nosotros hoy en España, no supone gran cosa, pero sí supuso para Mabel Tolkien una hazaña sin igual en la hostil Inglaterra anglicana de 1900, que veía todo lo católico y romano como algo anti-inglés. Además esto ocurrió unos diez años después de la muerte del Cardenal John Henry Newman, que por entonces su influencia en la cultura religiosa inglesa era reciente y notable. La valiente madre de los hermanos Tolkien tuvo que sufrir no poco al dar este paso de conversión al catolicismo.

Fueron objeto ella y su hermana, de la ira de sus propias familias, y Mabel por parte también de la familia de su esposo. Su hermana May Suffield fue obligada a renunciar al catolicismo, en contra de su voluntad, lo que dejó a Mabel sola ante el peligro. A Mabel le fue quitado todo el apoyo familiar, incluyendo el económico, mientras no recapacitara. Con el paso del tiempo, sus familiares se dieron cuenta de que Mabel seguía firme en su conversión, y esto hizo que creciera su hostilidad hacia ella. Naturalmente esto supuso una terrible tensión emocional, moral, espiritual y física en la madre de Tolkien, que contribuyó a afectarle seriamente su salud. Nada de esto pasó desapercibido en Tolkien, que fue educado en la religión católica ya desde los ocho años. Tiempo después, a los 21 años de edad, Tolkien escribiría (Cartas nº 142) sintiéndose agradecido por haber sido educado {desde los ocho años} en una Fe que me ha nutrido y me ha enseñado todo lo poco que sé; y eso se lo debo a mi madre, que se atuvo a su conversión y murió joven, en gran medida por las penurias de la pobreza, que fueron las consecuencias de ello… Y ahondando con agradecimiento sobre la heroicidad abnegada de su madre, también escribió: Mi querida madre fue en verdad una mártir, y no a todos Dios concede un camino tan sencillo hacia sus grandes dones como nos otorgó a Hilary {su hermano pequeño} y a mí, al darnos una madre que se mató de trabajo y preocupación para asegurar que conserváramos la fe. Fácilmente descubrimos un paralelo notable entre Mabel y Santa Mónica, cuyas lágrimas, oración y sacrificio, fueron decisivas para la fe cristiana de su hijo, San Agustín.

Tolkien sería entonces, ya desde esa tierna edad, un católico convencido profundo, hecho que influiría poderosamente a lo largo de su vida, cuyos reflejos descubrimos en sus escritos, especialmente en El Silmarillion, libro suyo menos conocido pero clave, editado después de su muerte por su hijo Christopher, consistente en ser el cuerpo central de las narraciones míticas que dan la profundidad histórica para apreciar y comprender mejor los acontecimientos cronológicamente posteriores en El Señor de los Anillos. La conversión de la madre y los niños a la fe católica era, sin duda alguna, lo más decisivo en la familia de Tolkien, aunque no fue el único acontecimiento crucial. El tiempo seguía imparable su curso, y en septiembre de 1900, el niño Tolkien ingresó en el King Edward’s, el colegio donde había ido su padre. Pero, como suele decirse, cuando las puertas se cierran, Dios abre una ventana, afortunadamente un tío paterno siguió teniendo buena disposición hacia la familia, a pesar de la fuerte polémica sobre la conversión al catolicismo, y costeó la matrícula, que era de 12 libras esterlinas al año.

Desafortunadamente, la escuela—un edificio imponente—se situaba en el centro de Birmingham, a unos seis kilómetros y medio de la casa de Sarehole, y resultaba caro para su madre pagar el viaje en tren, cuya estación tenía que Tolkien caminar unos dos kilómetros en las muy tempranas mañanas. Y de regreso, muchas veces era oscuro, y en la estación local, iría su hermano pequeño a recibirle con un farol encendido. Al fin la familia se mudó a una casa alquilada en Moseley, localidad más cercana al centro de Birmingham. Vivir en zona urbana, con sus calles bien transitadas, los tranvías, el tráfico y los tristes rostros de la gente, las chimeneas humeantes de las fábricas, supuso para Tolkien un fuerte y muy desagradable contraste con la vida apacible de que disfrutaba en el campo. Esta experiencia nefasta también le marcó poderosamente, y fue el humus en que se inspiraría años después para describir la terrible y desoladora fealdad de la región de Mordor, tierra donde se extienden las sombras, lugar donde el mal nunca duerme, la tierra del Señor Oscuro, la tierra inhóspita de aquel que es Señor de los todos los Anillos.

Pero esta casa alquilada iba a ser demolida, por lo que tuvieron que trasladarse a otra casa cercana, situada detrás de la estación ferroviaria de de la localidad de King’s Heath. Los ruidos de las locomotoras y su carbón y humo sólo sirvieron para desesperar más al niño Tolkien, que añoraba cada vez más la pureza natural de lo rural. Pero tampoco estuvieron aquí mucho tiempo, al tener que trasladarse a Edgbaston a comienzos de 1902, a una casa que dejaba bastante que desear. El único consuelo del nuevo hogar era que estaba muy cerca del Oratorio de San Felipe Neri de Birmingham, una gran Iglesia fundada hacía más de 50 años antes por el Cardenal John Henry Newman. Fue aquí, providencialmente, donde Mabel conoció al párroco nuevo, el P. Francis Xavier Morgan, que llegó a ser un valioso amigo de la familia y sacerdote realmente comprensivo y ejemplar.

Por estos años, la salud de Mabel iba empeorándose, pues se le había diagnosticado diabetes, que por esa época, no tenía tratamiento. En abril de 1904, en una recuperación parcial, se le ocurrió al P. Francis disponer de un lugar para su convalecencia en Rednal, una aldea de la comarca de Worcestershire, a unas pocas millas de Birmingham. Durante ese verano, los hermanos Tolkien disfrutaron como nunca de su vuelta a la vida rural. El P. Francis, siempre tan atento al bien de los niños, fumaba en una pipa de madera de cerezo, hecho que influiría en forjar ciertas costumbres de los personajes de los hobbits, habitantes pacíficos de la idílica Comarca: su afición al tabaco de pipa. Los niños no se dieron cuenta de que la salud de su madre volvía a ser precaria. Sufrió una recaída y el 14 de noviembre de 1904, murió en la paz del Señor, a cuyo lado estaban el P. Francis y su hermana May. En su testamento, Mabel había designado al P. Francis tutor de sus dos hijos—decisión providencial—pues en los años siguientes, el venerable sacerdote mostró un afecto y una generosidad constantes. Al capital que le dejó Mabel para sustento y educación de sus hijos, el P. Francis aumentaba la cantidad de su propio bolsillo, gracias a ingresos privados de los viñedos de su familia en Jerez de la Frontera. Les buscó alojamiento en casa de una tía, Beatrice, cerca del Oratorio, pero ella no les mostraba mucho cariño, por lo que los pequeños huérfanos pronto vieron la casa del Oratorio como su verdadero hogar. Cada mañana, los hermanos Tolkien asistían al P. Francis en el altar y después tomaban el desayuno con él en el refectorio antes de irse a la escuela.

La muerte de su querida madre y el generoso trato por parte del P. Francis—todo esto marcó profundamente al niño Tolkien. Siempre se sintió muy agradecido —y esta cualidad para un católico es esencialmente eucarística— por todos los desvelos del P. Francis hacia él y su hermano. Sin duda alguna para Tolkien, su madre y el P. Francis fueron (especialmente) muestras de la gracia providente de Dios, “ángeles encarnados” y rostros palpables de la misericordia y ternura del Padre celestial. Años después llegó a afirmar del sacerdote tutor en una carta a su hijo, †Michael (Cartas nº 267): Por primera vez aprendí de él la caridad y el perdón. Pues esta experiencia gozosa —de caridad, de misericordia y capacidad de perdón— es una de las claves esenciales para comprender el trasfondo de los acontecimientos cruciales en El Señor de los Anillos.

El tiempo siguió su curso, y la caridad y capacidad de perdón que Tolkien aprendió del P. Francis en los años posteriores de la muerte de su madre, fueron realmente decisivos para contrarrestar el dolor y tristeza por la separación, que le duraron no obstante toda la vida. Pero los acontecimientos de las muertes tempranas de padre y madre, a tan tierna edad, sirvieron para hacer de Tolkien un hombre muy sensato y realista. Y puesto que también era hombre muy creyente, tuvo una gran sensibilidad para con el mundo que le rodeaba. Fue descubriendo personalmente que todo en esta vida se acaba, que con el paso inevitable del tiempo, todo es pasajero: la belleza, pero también la fealdad; la niñez y la juventud, pero también la madurez y la adultez; la salud, pero también la enfermedad; el gozo y la alegría pero también la pena y la tristeza; incluso hasta el mismo tiempo es pasajero porque también el tiempo se nos acaba… De ahí que Tolkien llegó a valorar muchísimo el aprovechar bien el tiempo que Dios nos ha concedido.

Pues bien, esta realidad que percibía con meridiana claridad, despertó en él la fuerte sensación de una “nostalgia” o “pérdida irrecuperable”, por unos tiempos más dichosos que no podrían volver jamás. Pero, paradójicamente, tampoco sería provechoso querer detener el tiempo, ya que vamos caminando —pues el camino sigue y sigue, como cantan algunos de los hobbits en su obra— hacia una plenitud en el futuro, aunque ese futuro es, esencialmente, incierto y sin garantías, porque nosotros mismos podemos, con nuestra libertad mal empleada (=pecado) malograrlo. Que las luchas de la vida no se ganaban de forma total y definitiva, que incluso en las victorias, había derrotas. Que no hay amor verdadero sin sacrificio, que no hay salvación posible sin perdón, que no hay perdón si no hay misericordia, que en toda victoria en el mundo hay pérdida. Que nuestro paso por este “mundo caído” (por el pecado de Adán y Eva, del que todos participamos, exceptuando la Santísima Virgen María) está lleno de tribulación, es como una larga derrota en medio de estériles victorias. Es algo como ha dicho agudamente un compañero sacerdote: Vamos de derrota en derrota, hacia la victoria final. Que la terrible losa de la muerte acabaría irremediablemente con todo —no sólo con el tiempo y la vida, sino con toda esperanza en la vida, con toda ilusión, con todo proyecto humano, que por nada valdría la pena luchar— el paso inexorable del tiempo y la muerte serían muros infranqueables, portadores de una amargura existencial terrible, de no poder vencerlos…

Pero como católico que era, era muy consciente —y consolado por ello— de que, por la misericordia de Dios, en quien creía con toda su alma y con todo su corazón y con todo su ser, efectivamente, hay salvación: hay salvación del mal y del pecado, que estropea toda la hermosura de la creación, y hay salvación del paso del tiempo que tiene por fin la muerte, por la que todo llegaría a acabarse para siempre… Que, a pesar de todo, siempre hay esperanza: esperanza que nos alienta para seguir adelante, entregándonos en cuerpo y alma, rompiéndonos el corazón y las entrañas como hacen Frodo y Samsagaz, hobbits protagonistas de su libro, para destruir el Anillo de Poder, aunque a nuestro alrededor, se desvanecen hasta los más pequeños indicios y motivos para la esperanza. Que hay una luz que alumbra cuando todas las demás luces se nos apagan. ¿Cómo se puede comprender y vivir esto?

Lo que voy a decir ahora es absolutamente esencial para comprender el mundo real que nos rodea, y también para comprender el desenlace de El Señor de los Anillos: ¿por qué Tolkien nos asegura que siempre hay esperanza? Porque la historia de la Tierra Media es un relato mítico de historia de salvación, pues la salvación es un hecho gozoso, digno de ser relatado: hay salvación del paso del tiempo y la muerte, porque en Dios Creador hay perdón y sacrificio, hay perdón y sacrificio porque tiene misericordia, y hay perdón, sacrificio y misericordia porque la gracia y la providencia, sirviéndose de la libertad de las criaturas —tanto para bien como para mal— hacen posible que las cosas extremadamente adversas den un giro tan radicalmente favorable como inesperado, en la hora de la duda y la prueba más dura, al borde de la desesperanza. Son todos estos factores los que misteriosamente rigen los destinos de nuestra vida e historia personal y colectiva, y, claro está, la vida y la historia de los personajes y los pueblos de la Tierra Media en El Señor de los Anillos.

Comprendidas estas afirmaciones claves, llegamos a asombrarnos, por lo tanto, de que, efectivamente, también es pasajero el mal, el dolor, el sufrimiento y hasta la mismísima muerte lo es, que aunque haya “pérdidas irrecuperables”, no las hay sin victoria final, que el tiempo se nos acaba pero porque se convierte en eternidad… gracias a los acontecimientos cumbres de la historia de la salvación: la Encarnación de la Palabra de Dios y la Pascua de Resurrección de Jesucristo. Es la gran verdad que nos hace libres y, como dice la liturgia de Pentecostés al cantar del Espíritu Santo, es la fuente del mayor consuelo: ¡verdaderamente ha resucitado el Señor! El Evangelio, pues, en su sentido etimológico griego, ciertamente lo vivía Tolkien como una gran Buena Noticia. Pues bien, todas estas profundas vivencias cristianas de Tolkien están maravillosamente presentes, si bien discretamente, como un atisbo de victoria final, en El Silmarillion y en El Señor de los Anillos. La maravillosa genialidad de Tolkien está en que todo este destello de la Buena Noticia cristiana está presente en su libro, pero cuyos acontecimientos tienen lugar siglos antes de la venida de Cristo. Es una historia hermosa de salvación implícitamente cristiana, en un tiempo y culturas obviamente pre-cristianas por fecharse, deliberadamente, antes de Cristo. El hilo conductor de El Silmarillion y El Señor de los Anillos es una historia maravillosa de esperanza contra-toda-esperanza, y en este sentido viene a ser, pues, un pre-anuncio sublime del Evangelio cristiano.

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