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lunes, 4 de noviembre de 2013

OSMTH - Ccs : Fiesta de hoy-Fieles difuntos-2 de noviembre

Un poco de historia

La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.

Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios. 

A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".

Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna. 

Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, "podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados". (CEC 1479)

Costumbres y tradiciones.

El altar de muertos

Es una costumbre mexicana relacionada con el ciclo agrícola tradicional. Los indígenas hacían una gran fiesta en la primera luna llena del mes de noviembre, para celebrar la terminación de la cosecha del maíz. Ellos creían que ese día los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra, a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra.

Para los aztecas la muerte no era el final de la vida, sino simplemente una transformación. Creían que las personas muertas se convertirían en colibríes, para volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección. 

Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban Mictlán, que significa "lugar de la muerte" o "residencia de los muertos" para purificarse y seguir su camino.

Los aztecas no enterraban a los muertos sino que los incineraban.
La viuda, la hermana o la madre, preparaba tortillas, frijoles y bebidas. Un sacerdote debía comprobar que no faltara nada y al fin prendían fuego y mientras las llamas ardían, los familiares sentados aguardaban el fin, llorando y entonando tristes canciones. Las cenizas eran puestas en una urna junto con un jade que simbolizaba su corazón.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues ese día tenían permiso los difuntos para visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra. 

El difunto ese día se convertía en el "huésped ilustre" a quien había de festejarse y agasajarse de la forma más atenta. Ponían también flores de Cempazúchitl, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán.

Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos.

La costumbre azteca la dejaron prácticamente intacta, pero le dieron un sentido cristiano: El día 2 de noviembre, se dedica a la oración por las almas de los difuntos. Se visita el cementerio y junto a la tumba se pone un altar en memoria del difunto, sobre el cual se ponen objetos que le pertenecían, con el objetivo de recordar al difunto con todas sus virtudes y defectos y hacer mejor la oración.

El altar se adorna con papel de colores picado con motivos alusivos a la muerte, con el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida. 

Cada uno de los familiares lleva una ofrenda al difunto que se pone también sobre el altar. Estas ofrendas consisten en alimentos o cosas que le gustaban al difunto: dulce de calabaza, dulces de leche, pan, flores. Estas ofrendas simbolizan las oraciones y sacrificios que los parientes ofrecerán por la salvación del difunto.

Los aztecas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían cerca del altar de muertos para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios.

El camino de flores de cempazúchitl, ahora se dirige hacia una imágen de la Virgen María o de Jesucristo, con la finalidad de señalar al difunto el único camino para llegar al cielo.

El agua que se pone sobre el altar simboliza las oraciones que pueden calmar la sed de las ánimas del purgatorio y representa la fuente de la vida; la sal simboliza la resurrección de los cuerpos por ser un elemento que se utiliza para la conservación; el incienso tiene la función de alejar al demonio; las veladoras representan la fe, la esperanza y el amor eterno; el fuego simboliza la purificación.

Los primeros misioneros pedían a los indígenas que escribieran oraciones por los muertos en los que señalaran con claridad el tipo de gracias que ellos pedían para el muerto de acuerdo a los defectos o virtudes que hubiera demostrado a lo largo de su vida. 

Estas oraciones se recitaban frente al altar y después se ponían encima de él. Con el tiempo esta costumbre fue cambiando y ahora se escriben versos llamados "calaveras" en los que, con ironía, picardía y gracia, hablan de la muerte.

La Ofrenda de Muertos contiene símbolos que representan los tres "estadios" de la Iglesia:

1) La Iglesia Purgante,
 conformada por todas las almas que se encuentran en el purgatorio, es decir aquéllas personas que no murieron en pecado mortal, pero que están purgando penas por las faltas cometidas hasta que puedan llegar al cielo. Se representa con las fotos de los difuntos, a los que se acostumbra colocar las diferentes bebidas y comidas que disfrutaban en vida.

2) La Iglesia Triunfante, que son todas las almas que ya gozan de la presencia de Dios en el Cielo, representada por estampas y figuras de santos. 

3) La Iglesia Militante, que somos todos los que aún estamos en la tierra, y somos los que ponemos la ofrenda.
En algunos lugares de México, la celebración de los fieles difuntos consta de tres días: el primer día para los niños y las niñas; el segundo para los adultos; y el tercero lo dedican a quitar el altar y comer todo lo que hay en éste. A los adultos y a los niños se les pone diferente tipo de comida.

Cuida tu fe

Halloween o la noche de brujas: Halloween significa "Víspera santa" y se celebra el 31 de Octubre. Esta costumbre proviene de los celtas que vivieron en Francia, España y las Islas Británicas. 

Ellos prendían hogueras la primera luna llena de Noviembre para ahuyentar a los espíritus e incluso algunos se disfrazaban de fantasmas o duendes para espantarlos haciéndoles creer que ellos también eran espíritus. 

Podría distraernos de la oración del día de todos los santos y de los difuntos. Se ha convertido en una fiesta muy atractiva con disfraces, dulces, trucos, diversiones que nos llaman mucho la atención. 

Puede llegar a pasar que se nos olvide lo realmente importante, es decir, el sentido espiritual de estos días. 

Si quieres participar en el Halloween y pedir dulces, disfrazarte y divertirte, Cuídate de no caer en las prácticas anticristianas que esta tradición promueve y no se te olvide antes rezar por los muertos y a los santos.

Debemos vivir el verdadero sentido de la fiesta y no sólo quedarnos en la parte exterior. Aprovechar el festejo para crecer en nuestra vida espiritual. 

Algo que no debes olvidar

La Iglesia ha querido instituir un día que se dedique especialmente a orar por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

Los vivos podemos ofrecer obras de penitencia, oraciones, limosnas e indulgencias para que los difuntos alcancen la salvación.

La Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo entre el 1 y el 8 de noviembre, podemos abreviar el estado de purificación en el purgatorio.
Autor: Tere Fernández | Fuente: Catholic.net

domingo, 18 de agosto de 2013

OSMTH-CCS: ¿Quieres ser feliz?



Hay quien piense que para ser feliz basta con ser Bill Gates o Carlos Slim, o quizás llamarse como un artista famoso. Sin embargo, ser feliz no es nada fácil. Parece mentira, pero es así. Ahora bien, todo depende de uno mismo.

Cuenta la leyenda que un hombre oyó decir que la felicidad era un tesoro. A partir de aquel instante comenzó a buscarla. 

Primero se aventuró por el placer y por todo lo sensual, luego por el poder y la riqueza, después por la fama y la gloria, y así fue recorriendo el mundo del orgullo, del saber, de los viajes, del trabajo, del ocio y de todo cuanto estaba al alcance de su mano. 

En un recodo del camino vio un letrero que decía: "Le quedan dos meses de vida."

Aquel hombre, cansado y desgastado por los sinsabores de la vida, sin haber logrado encontrar la felicidad, se dijo: 

"Estos dos meses los dedicaré a compartir todo lo que tengo de experiencia, de saber y de vida con las personas que me rodean." 

Y aquel buscador infatigable de la felicidad, sólo al final de sus días encontró que, dentro de sí mismo, en su interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que dedicaba a los demás, en la renuncia que hacía de sí mismo por servir, estaba el tesoro que tanto había deseado. 

Comprendió que para ser feliz se necesita amar; aceptar la vida como viene; disfrutar de lo pequeño y de lo grande; conocerse a sí mismo y aceptarse así como uno es; sentirse querido y valorado, pero también querer y valorar; tener razones para vivir y esperar... y también razones para morir y descansar. 

Entendió que la felicidad brota en el corazón, con el rocío del cariño, la ternura y la comprensión. Que son instantes y momentos de plenitud y bienestar; que la felicidad está unida y ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con ella; que siempre está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior. 

Finalmente descubrió que cada edad tiene su propia medida de felicidad y que sólo Dios es la fuente suprema de la alegría, por ser Dios amor, bondad, reconciliación, perdón y donación total. 
Y en su mente recordó aquella sentencia que dice: "¡Cuánto gozamos con lo poco que tenemos, y cuánto sufrimos por lo mucho que anhelamos!" 

Ser feliz, es una actitud.

Todos conocemos las bienaventuranzas, esas palabras tan hermosas que nos dijo Jesús en el Sermón de la Montaña. Sin embargo, no todos conocemos y practicamos las Bienventuranzas del Siglo XXI:

  • Felices los que saben reírse de sí mismos, porque nunca terminarán de divertirse.
  • Felices los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque evitarán muchos inconvenientes.
  • Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas, porque llegarán a ser sabios.
  • Felices los que saben escuchar y callar, porque aprenderán cosas nuevas.
  • Felices los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio, porque serán apreciados por quienes los rodean.
  • Felices los que están atentos a las necesidades de los demás sin sentirse indispensables, porque serán portadores de alegría.
  • Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas y con tranquilidad las cosas grandes, porque irán lejos en la vida.
  • Felices los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un desprecio, porque su camino estará pleno de sol.
  • Felices los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar, porque no se turbarán en lo imprevisible.
  • Felices los que saben callar y ojala sonreír cuando se les quita la palabra, se los contradice o cuando les pisan los pies, porque el amor comienza a penetrar en su corazón.
  • Felices los que son capaces de interpretar con benevolencia las actitudes de los demás, porque conocen el valor de la caridad.
  • Felices los que saben reconocer al Señor en todo lo que encuentran, porque habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría.

    Si tienes fe en Dios, asume el compromiso de ser cada día más bueno, más humilde, más justo, y podrás cumplir todos los compromisos adquiridos. Él te apoyará y nunca estarás solo, y serás feliz en esta tierra, y lo que es mejor, en la vida eterna.


  • Autor: Juan Rafael Pacheco

    domingo, 30 de junio de 2013

    OSMTH Ccs- ¿Qué quiere Dios de mí?



    La pregunta surge en momentos clave de la propia vida: ¿qué quiere Dios de mí?

    En ocasiones, esa pregunta encierra un error de fondo, pues uno llega a imaginar a Dios como un rey arbitrario que ordena y dispone según sus caprichos y sin interesarle el bien de sus "súbditos".

    Pero Dios no actúa así: lo que busca es nuestro bien, aquello que nos permita alcanzar una vida plena, sana, justa, bella.

    Si nos situamos en una correcta manera de ver a Dios, podemos empezar el camino que nos permita descubrir lo que Dios quiere de cada uno.

    El punto de partida correcto es siempre el mismo: reconocer que Dios me ama. En otras palabras, lo primero que Dios quiere es mi propio bien, mi propia felicidad, mi propia existencia. Empezar a vivir es ya una respuesta, la más radical y profunda, a la pregunta sobre lo que Dios desea de mí. Esa es la primera voluntad de Dios para mí: que exista, que viva.
    Desde esa primera respuesta, podemos avanzar en la búsqueda de algo más concreto: ¿hacia dónde dirigir mis pasos para recorrer el camino que Dios ha pensado para mí?

    Tengo una voluntad libre. Con ella escojo el rumbo de mi vida. La nave humana avanza según las decisiones que cada uno toma cada día.
    Aquí se hace más intensa la búsqueda: ¿qué voy a decidir hoy? ¿Cómo reconocer aquellos actos que están de acuerdo con lo que Dios espera de mí? Para responder, contamos con muchas señales. Dos tienen un valor especial y una visibilidad muy concreta.

    La primera señal arranca de la misma historia personal, del pasado y de lo que ocurre en el presente. La voluntad de Dios para mí se manifiesta en hechos, en encuentros, en lecturas, en consejos buenos. Identifico así estrellas que iluminan el camino por el que debo avanzar.

    Esas señales a veces son difíciles de entender. ¿Qué quiere Dios cuando empieza una enfermedad que me incapacita de golpe o poco a poco? ¿Qué me pide si a mi lado sufre un familiar que necesita continuamente ayuda? ¿Qué me ofrece tras una llamada telefónica que abre un interesante horizonte profesional? ¿Qué me diría ante la propuesta deshonesta de un "amigo" que me invita a colaborar con él en un negocio sucio?

    Lo que ocurre cada día da pistas, pero no siempre son suficientes. Por eso necesitamos abrirnos a la segunda gran señal de Dios: su Evangelio. Quien lo toma entre sus manos como un libro vivo, como la enseñanza y el ejemplo de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, descubrirá todo un mundo de indicaciones, exigentes y hermosas, que nos permiten avanzar, poco a poco, hacia la vida verdadera.

    ¿Es difícil descubrir la voluntad de Dios? Si tenemos un corazón atento sabremos leer sus mensajes. Si los comprendemos de modo adecuado, estaremos listos para la siguiente etapa, la que rezamos en el Padrenuestro: "hágase tu voluntad". Es decir, estaremos dispuestos a aceptar todo lo que Dios nos pida.

    En ocasiones cuesta. Pero si reconocemos que Dios es un Padre bueno, aquello que nos propone será visto como lo que es: un camino para avanzar en el amor, una invitación a vivir un poco aquí en la tierra como viviremos, si actuamos como auténticos discípulos e hijos, eternamente en el cielo.
    P. Fernando Pascual LC

    domingo, 23 de junio de 2013

    OSMTH Preceptorías de Caracas: La tentación esotérica y el universali​smo cristiano

    Imágenes integradas 1


    Es una tentación antigua: dividir a la humanidad entre visionarios y ciegos, entre seres excepcionales e individuos vulgares, entre iniciados y profanos, entre iluminados e ignorantes.

    ¿Por qué tiene fuerza la tentación que podemos calificar como “esotérica”? Porque tiene un atractivo especial pensar que uno entra a formar parte de un grupo de escogidos y de superdotados.

    Intentemos explicar esta tentación con la ayuda de una obra muy vendida en las últimas décadas: “El Alquimista” de Paolo Coelho.

    Se trata de una novela publicada en Brasil el año 1988. Arrancó con una difusión modesta, pero pronto alcanzó un gran éxito de ventas en todo el mundo.

    El protagonista es un joven pastor, Santiago, que empieza a descubrir su propia historia personal (o leyenda personal, según otras traducciones al castellano). Para hacerlo cuenta con la ayuda de sueños enigmáticos que empieza a comprender gracias a personajes misteriosos y llenos de sabiduría. Entre ellos destacan dos: un anciano rey de Salem, Melquisedec; y el famoso Alquimista que Santiago encuentra en un oasis perdido en medio del desierto del Sahara.

    Dejamos de lado el complejo sistema de ideas que aparecen en la obra para fijarnos precisamente en el carácter de elegido que rodea a Santiago, y que le permite captar el “alma del mundo” al dejarse guiar por su corazón, gracias a la luz que recibe de sus maestros.

    En el fondo de toda la trama, la humanidad queda dividida en dos grandes grupos. Unos (pocos) son seres extraordinarios, porque han conseguido un nivel superior de conocimientos y de estilo de vida, al haber sido seleccionados a entrever un saber especialmente poderoso. Otros, seguramente muchos, han quedado atados a la búsqueda de proyectos inferiores, por haber apagado la posibilidad de escuchar su corazón; por eso, tales personas no son capaces de percibir lo que éste les dice en sintonía perfecta con el “alma del mundo”.

    Detrás de esta división se esconde una idea sencilla: existe un conjunto de verdades desconocidas para la mayoría (por culpa o sin culpa, esto sería otro tema) y accesibles a pocos. Para llegar a ellas los iniciados tendrían que recorren caminos extraordinarios, tal vez el de la alquimia (si uno se toma en serio la introducción que el mismo Coelho pone a su obra y otras alusiones en la marcha de la novela), o a través de algún otro de los muchos caminos esotéricos que prometen un conocimiento superior a sus seguidores.

    Hemos calificado como “esotérico” este tipo de mentalidades y propuestas, sin usar tal palabra en un sentido técnico. Con “esotérico” indicamos ahora un modo particular de entender el mundo y la vida, en el cual se supone que conseguir un conocimiento superior, normalmente asequible a los iniciados, permite un estilo de vida mucho más valioso que el ordinario, ya que uno ha logrado acceder a saberes especiales que permiten desarrollar una existencia plenamente realizada.

    Alguno pensará que el cristianismo también tiene algo de “esotérico”. ¿No se ofrece en el mismo un conocimiento especial, desde la fe, sobre Dios, sobre el mundo, sobre el hombre? Es cierto que se trata de un conocimiento especial, pero a diferencia de muchos grupos esotéricos tal conocimiento se ofrece en clave universalística: a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, de todas las razas y lenguas, sin necesidad de técnicas extrañas y sin recurrir a sueños, a magos, a alquimistas o a personajes parecidos.

    En otras palabras, ser cristiano no consiste en llegar a un conocimiento extraordinario y misterioso asequible a pocos, ni en seguir las pistas de un guía fuera de lo común (como los que presenta Coelho). Más bien se trata de acoger un don universalístico, ofrecido por el mismo Dios Padre a toda la humanidad a través de la entrega de su Hijo en la cruz.

    Por lo mismo, aunque en el cristianismo hay ideas y conocimientos maravillosos (recogidos sobre todo en el Credo), su diferencia respecto de las propuestas esotéricas es profunda.

    En primer lugar, porque uno no empieza a ser cristiano desde sueños misteriosos ni con el encuentro de extraños personajes, sino con la ayuda de hombres y mujeres de cualquier edad o condición. La fe cristiana se puede aprender junto a la cocina, mientras papá y mamá preparan la cena, o al escuchar a un niño que explica quién es Jesús, o desde las palabras reposadas de un anciano que nunca terminó su escuela primaria pero que tiene una fe auténtica y sabe ofrecerla generosamente.

    En segundo lugar, el cristianismo no busca un simple despertar de fuerzas escondidas en el alma (o en el corazón) de cada ser humano, pues sabe que esas fuerzas y ese corazón han de ser purificados y redimidos.

    Según ha observado Ferdinando Castelli en un artículo que trata precisamente sobre “El Alquimista” de Coelho, no es correcto exaltar el corazón como el camino que permite entrar en la verdad el mundo, pues también del corazón, como señala la Biblia, proceden algunos de los males que afligen a los seres humanos (cf. F. Castelli, “El alquimista de Paulo Coelho recorre senderos del New Age”, revista “Humanitas”, edición electrónica).

    Por eso el cristianismo va contra la tentación esotérica, aunque a lo largo de la historia no han faltado cristianos que han visto su propia fe (deformada) como un esoterismo reservado a pocos seres privilegiados. El verdadero cristianismo está abierto a todos: basta un poco de buena voluntad y la apertura a la acción de Dios en la propia existencia para que un hombre o una mujer pueda dar el paso maravilloso que lleva desde las tinieblas hacia la luz, desde la muerte del pecado hacia la vida verdadera.