domingo, 23 de junio de 2013

OSMTH Preceptorías de Caracas: La tentación esotérica y el universali​smo cristiano

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Es una tentación antigua: dividir a la humanidad entre visionarios y ciegos, entre seres excepcionales e individuos vulgares, entre iniciados y profanos, entre iluminados e ignorantes.

¿Por qué tiene fuerza la tentación que podemos calificar como “esotérica”? Porque tiene un atractivo especial pensar que uno entra a formar parte de un grupo de escogidos y de superdotados.

Intentemos explicar esta tentación con la ayuda de una obra muy vendida en las últimas décadas: “El Alquimista” de Paolo Coelho.

Se trata de una novela publicada en Brasil el año 1988. Arrancó con una difusión modesta, pero pronto alcanzó un gran éxito de ventas en todo el mundo.

El protagonista es un joven pastor, Santiago, que empieza a descubrir su propia historia personal (o leyenda personal, según otras traducciones al castellano). Para hacerlo cuenta con la ayuda de sueños enigmáticos que empieza a comprender gracias a personajes misteriosos y llenos de sabiduría. Entre ellos destacan dos: un anciano rey de Salem, Melquisedec; y el famoso Alquimista que Santiago encuentra en un oasis perdido en medio del desierto del Sahara.

Dejamos de lado el complejo sistema de ideas que aparecen en la obra para fijarnos precisamente en el carácter de elegido que rodea a Santiago, y que le permite captar el “alma del mundo” al dejarse guiar por su corazón, gracias a la luz que recibe de sus maestros.

En el fondo de toda la trama, la humanidad queda dividida en dos grandes grupos. Unos (pocos) son seres extraordinarios, porque han conseguido un nivel superior de conocimientos y de estilo de vida, al haber sido seleccionados a entrever un saber especialmente poderoso. Otros, seguramente muchos, han quedado atados a la búsqueda de proyectos inferiores, por haber apagado la posibilidad de escuchar su corazón; por eso, tales personas no son capaces de percibir lo que éste les dice en sintonía perfecta con el “alma del mundo”.

Detrás de esta división se esconde una idea sencilla: existe un conjunto de verdades desconocidas para la mayoría (por culpa o sin culpa, esto sería otro tema) y accesibles a pocos. Para llegar a ellas los iniciados tendrían que recorren caminos extraordinarios, tal vez el de la alquimia (si uno se toma en serio la introducción que el mismo Coelho pone a su obra y otras alusiones en la marcha de la novela), o a través de algún otro de los muchos caminos esotéricos que prometen un conocimiento superior a sus seguidores.

Hemos calificado como “esotérico” este tipo de mentalidades y propuestas, sin usar tal palabra en un sentido técnico. Con “esotérico” indicamos ahora un modo particular de entender el mundo y la vida, en el cual se supone que conseguir un conocimiento superior, normalmente asequible a los iniciados, permite un estilo de vida mucho más valioso que el ordinario, ya que uno ha logrado acceder a saberes especiales que permiten desarrollar una existencia plenamente realizada.

Alguno pensará que el cristianismo también tiene algo de “esotérico”. ¿No se ofrece en el mismo un conocimiento especial, desde la fe, sobre Dios, sobre el mundo, sobre el hombre? Es cierto que se trata de un conocimiento especial, pero a diferencia de muchos grupos esotéricos tal conocimiento se ofrece en clave universalística: a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, de todas las razas y lenguas, sin necesidad de técnicas extrañas y sin recurrir a sueños, a magos, a alquimistas o a personajes parecidos.

En otras palabras, ser cristiano no consiste en llegar a un conocimiento extraordinario y misterioso asequible a pocos, ni en seguir las pistas de un guía fuera de lo común (como los que presenta Coelho). Más bien se trata de acoger un don universalístico, ofrecido por el mismo Dios Padre a toda la humanidad a través de la entrega de su Hijo en la cruz.

Por lo mismo, aunque en el cristianismo hay ideas y conocimientos maravillosos (recogidos sobre todo en el Credo), su diferencia respecto de las propuestas esotéricas es profunda.

En primer lugar, porque uno no empieza a ser cristiano desde sueños misteriosos ni con el encuentro de extraños personajes, sino con la ayuda de hombres y mujeres de cualquier edad o condición. La fe cristiana se puede aprender junto a la cocina, mientras papá y mamá preparan la cena, o al escuchar a un niño que explica quién es Jesús, o desde las palabras reposadas de un anciano que nunca terminó su escuela primaria pero que tiene una fe auténtica y sabe ofrecerla generosamente.

En segundo lugar, el cristianismo no busca un simple despertar de fuerzas escondidas en el alma (o en el corazón) de cada ser humano, pues sabe que esas fuerzas y ese corazón han de ser purificados y redimidos.

Según ha observado Ferdinando Castelli en un artículo que trata precisamente sobre “El Alquimista” de Coelho, no es correcto exaltar el corazón como el camino que permite entrar en la verdad el mundo, pues también del corazón, como señala la Biblia, proceden algunos de los males que afligen a los seres humanos (cf. F. Castelli, “El alquimista de Paulo Coelho recorre senderos del New Age”, revista “Humanitas”, edición electrónica).

Por eso el cristianismo va contra la tentación esotérica, aunque a lo largo de la historia no han faltado cristianos que han visto su propia fe (deformada) como un esoterismo reservado a pocos seres privilegiados. El verdadero cristianismo está abierto a todos: basta un poco de buena voluntad y la apertura a la acción de Dios en la propia existencia para que un hombre o una mujer pueda dar el paso maravilloso que lleva desde las tinieblas hacia la luz, desde la muerte del pecado hacia la vida verdadera.

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